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sábado, 25 de julio de 2009

Efemérides: 25/7

La mayoría de la gente se permitía suponer que el equipo pertenecía a la parroquia local o que sus miembros tenían profundas convicciones religiosas. El que decidía averiguar un poco más, pronto entendía el por qué de tal denominación.
Se cuenta que un día, cuando el grupo aún no tenía nombre, surgió en el entrenamiento una pelea (como tantas otras veces) entre el 5 y el 8 y de a poco se fueron sumando los demás. En eso, el 10, favorito del DT Raúl Callaras, pronunció las célebres palabras: "Dejad de pelear, compañeros, ¿acaso no somos todos hermanos?". El DT entonces decidió que "el Club" (refiriéndose al desorganizado equipito de fúlbo) se llamaría "Todos Hermanos Club", pero para evitar equívocos, agregaron la palabra Fútbol entre Hermanos y Club, de modo que las siglas fuesen THFC. Impronunciable y feo, seguro, pero tenía sentido, ya que los jugadores eran efectivamente todos hermanos o medios hermanos; más aún: de los 18 jugadores (incluidos suplentes), 13 tenían el apellido Callaras y eran hijos biológicos de Raúl, mientras que el resto eran hijos adoptivos del mismo. Por eso, de alguna manera, eran "Todos Hermanos". Vale agregar que el jugador número 10 se manifestaba como "ateo, por el amor de Dios, ateo", lo cual elimina cualquier residuo de confusión del asunto.
El hecho de que 13 hermanos biológicos estuviesen en buena edad para jugar al fútbol es fácilmente explicable teniendo en cuenta que la señora de Callaras había tenido, después de su primogénito Juancito, el nº 10 del equipo, tres camadas de cuatrillizos. Lo que no es de ninguna manera fácil de explicar es cómo pudo esta mujer sobrevivir a semejantes partos. Ni cómo hacían para mantener a tantos chicos. La realidad detrás del particular equipo es realmente oscura y misteriosa.
También es curioso que en el equipo jugaban las hijas de Callaras y Carente, que en total sumaban 5 jugadoras, todas suplentes menos una, la arquera Augusta Carente, adecuadamente carente de femineidad, belleza y buen gusto, pero nada falta de talento en la portería. Ningún otro equipo en la liga local de aquel pueblo tenía jugadoras mujeres, pero aparentemente permitían equipos mixtos. Sin embargo, se desconoce, como tantas otras cosas, el nivel socioeconómico de Callaras en el pueblo; se puede suponer que si podía mantener a esa familia y al (minúsculo y cerradísimo) "club", él mismo puede haber obligado a cambiar las reglas de la liga local. Una última teoría sostiene que el único equipo local era el THFC, y que por esta razón poseen todos los títulos disputados durante su corta existencia, además del dominio total sobre las reglas del juego.
Lamentablemente, un día como hoy pero de 1992, fallecían en un acontecimiento confuso Tomás Carente y Eugenia Callaras, lo cual llevó a la inmediata disolución del equipo. Las malas lenguas dicen que Tomás y Eugenia estaban saliendo, dándole a la denominación de "Todos Hermanos" un poco sano márgen de duda, y para evitar tal cosa, el menor de los Carente (carente de cerebro, por lo visto) decidió eliminarlos del camino. Al día de hoy no se ha podido descartar este rumor, ni se ha encontrado ninguna prueba que permita sospechar semejante cosa, excepto las palabras del viejo Suárez para el diario Crónica: "Eugenia era una chica tan bonita...".

En recuerdo de tan trágico suceso, suenan ahora las estrofas de la canción "Requiem" de Cave In, por pura casualidad. Desconozco de qué trata la canción pero este disco Jupiter está bueno. Hay un montón de canciones y discos con este mismo nombre, ninguno con demasiado respeto a la misa de responso ni a la música clásica. Una excepción puede ser la trilogía Requiem de Virgin Black, bastante sinfónica y más triste que un miércoles lluvioso. Pero yo me refiero a cosas como Into Night's Requiem Infernal de Novembers Doom o el último tema del último de Minsk, onda, nada que ver. Les debería algunas reviús y cosas así pa que me entiendan de que les hablo.

No pongo más videitos porque se que nadie los ve. BUUUUU.

viernes, 6 de marzo de 2009

Entropía y evolución hasta el hartazgo, parte dos

Navegando en el cielo veo el suelo despejado, una nube se cruza en el barro y yo miro, se ve tan asible, quiero alcanzarla...
Arthur se quema, el café estaba caliente, pero con tal de no levantarse, agarrar la taza estando tirado en el suelo parecía una opción viable. Lizzie se enoja, le ensuciaron la alfombra, está furiosa, chau Arthur, a dar una vueltita. Hacía semanas que no salía de la cabaña, y dormía poco esperando el regreso de su padre, Wilhelm H. el Bábaro(1), quien no debería tardarse tanto, a no ser que estuviera muerto, lo cual era probable porque el heroísmo se le había subido a la cabeza después de su importante rol en la batalla de algun lugar en Oriente Medio o Asia Menor que nadie sabe cómo se dice, mucho menos cómo se escribe. Hacía un calor insoportable, aunque era principio de primavera y había llovido no hacía mucho. Arthur lo sabía porque en lo de Lizzie llovía tanto afuera como adentro. En el cuarto donde paraba Arthur, justo encima de la cabecera de la cama, había un "hueco para ver el cielo", o más bien el agujero en el techo más grande del feudo, guardado justo para él. Le gustaba mojarse cuando llovía, muy a pesar de que eso no le dejara dormir a veces. O no, seguramente no le gustaba, pero él decía que sí. Le dijeron que no vendría mal que intentara arreglar el techo, pero no, mucha fiaca, mejor dormir todo el día y jugar a la Play. Las nubes eran sus amigas, pero le decían cosas que lo deprimían. Igual que el armario, la mesa, las mantas. Todo a su alrededor lo odiaba pero él los quería a todos igual. Algunos afirmaban que estaba chapita; otros, que estaba de la nuca. Por último, una tercera posición sostenía que no estaba cuerdo. Se lo ha escuchado hablar sólo, especialmente cuando su padre no estaba. Su madre hacía tiempo que no aparecía; tanto tiempo que ni siquiera recordaba haberla visto una vez en sus 23 años de vida. Le habían dicho que había pasado a otra vida, pero Arthur no entendió lo que querían decirle aquella vez, y después se olvidó. De todas formas, si no estaba ahí sería porque él no le importaba mucho. En cambio, tenía a sus amigas las nubes y los soldaditos de plástico. Pero esta vez el cielo estaba despejado, y había ensuciado la alfombra de Lizzie y no podía quedarse por ahí, de modo que caminó hacia el Castillo a ver si algún guardia daba charla o si había una pibita de la nobleza dando vueltas.

Arthur bailando Walk Like An Egyptian
Arthur bailando Walk Like an Egyptian

Lo pararon lejos de la entrada unos amigos de sus enemigos y le quisieron manotear el MP3, pero se resistió y por suerte un guardia llegó a ver el lío y amenazó a la banda desenfundando una espada hecha a mano en Formosa(2). Desde luego no se quedaron a mirarla. Una vez que los vio corriendo el guardia le dijo a Arthur que no se acercara demasiado porque no tenía nada que hacer en el castillo, a lo cual respondió que era el hijo de Wilhelm H. de Babaria. El tipo se quedó con cara de quién cuernos es ese, y repitió que mejor se volviera a su casa. "Me echaron", dijo Arthur, "y no tengo a donde ir". Y ahí pasó algo raro. El guardia recordó algo: un chico de 12 años, golpeado, medio maltrecho, petisón y poco atractivo, acercándose a las puertas del castillo. Arthur bastante tiempo antes había estado ahí y el mismo príncipe lo había ayudado, aunque sólo para hacer alarde de su reciente título de Cirujano. Cirujano plástico en realidad. O sea que uno esperaría que Arthur hubiese salido del castillo convertido en un sujeto apuesto y por qué no saliendo con una pibita de la nobleza, sí, de esas que tanto le gustaban. Pero la realidad es que no, no tanto porque tenía sólo 12 años, sino porque el título médico del Príncipe era más trucho que los títulos de nobleza de Wilhelm H. de Babaria (que por cierto sólo servían en aquel lugar, por lo tanto en este otro reino estaban condenados a vivir en la aldea en condiciones poco saludables (3)). Arthur salió aún más maltrecho y no mucho menos deforme que antes, y con cortes sin cicatrizar completamente en toda la cara y cuerpo. Más allá de eso, el encuentro con el príncipe fue significativo en la vida de Arthur ya que él fue quien le confirió el nombre por el cual lo conocemos. Esto fue así debido a que el príncipe no comprendía el nombre original de Arthur -una cosa impronunciable y aún más difícil de escribir, de origen Bábaro- ni tampoco su apellido, que empezaba con H pero ni Arthur sabía cómo seguía. De ahí el nombre Arthur Heesux, el Pobre Diablo. El nuevo nombre fue unánimemente aceptado por sus familiares, amigos y muebles, quienes al fin podían llamarlo de una manera más propicia que "¡Che, pibe!".
El guardia, de quien el narrador no se ha olvidado, se quedó perplejo mirando a Arthur durante unos cuatro silenciosos segundos; el recuerdo lo había shockeado un poco. Decidió preguntarle un poco sobre su vida mientras nadie miraba, porque se suponía que no podía hablar con la plebe. Se sorprendió muchísimo al escuchar que Arthur había salido de su casa (la de Lizzie, en realidad) menos de 40 veces en esos 11 años que habían pasado desde aquel otro encuentro. Más extraño aún era ver que el joven no se destacaba por su palidez, sino que tenía la tez bastante oscura. "Es por el agujero en el techo", replicó Arthur cuando le preguntaron sobre el asunto. El guardia, por primera vez en 75 segundos, sintió compasión por la plebe, agradeció poder vivir en el palacio real, e igual de rápidamente como le había venido la sensación, se olvidó de la compasión y se burló de Arthur. Pero la compasión vino de nuevo y como ya no sabía qué decir le ofreció a Arthur la posibilidad de acercarse un poco más al Castillo.
Así que hasta el momento todo iba viento en popa: un guardia le había dado charla y lo había dejado acercarse al Castillo; ahora solo faltaba la minita de la nobleza.
Pero no iba a llegar muy lejos, porque justo mientras caminaba por el puente que cruzaba uno de los tantos zanjones que había dragados alrededor del Castillo, apareció un tipo en un camello. Totalmente atípico en la zona, que estaba llena de caballos y otros equinos, pero camellos ni uno. El hombre miró a Arthur fijamente y detuvo el camello.
-Emm, -dijo el desconocido, -de casualidad vos no sos el hijo de Wilhelm H. el Bábaro, ¿no?
-Sí, -respondió el aludido,- soy yo.
-Ah, te estaba buscando.
Arthur se sorprendió, porque nadie nunca lo estaba buscando, y mucho menos alguien montando un camello. Hubo un silencio.
-Te explico –dijo el hombre para romper el silencio-: a tu viejo y a unos cuantos más los agarraron los turcos en Siria –Arthur pone cara de no estar muy contento con la noticia- y estamos armando un grupo de gente para ir a rescatarlos, y bueno, me acordé de una foto que me mostró tu papá una vez y te vine a avisar y pedirte que nos acompañaras, porque cuanta más gente componga la tropa, más será la probabilidad de que al menos uno llegue con vida.
-Eso no es muy alentador… -replicó Arthur. -¿Realmente hay alguna chance de que yo sea de alguna ayuda?
-La verdad no, pero te va a atraer el hecho de pertenecer al soberbio grupo de “Camelle Rhyder y los Caminantes de Turquía”.
-¿¿La banda?? (4)
-No, les robamos el nombre, pero nosotros lo merecemos más, porque realmente somos eso: yo, Camelle Rhyder, voy a camello, y el resto caminan atrás por el desierto. Como buen líder yo llevo el agua sólo para mi y ustedes llevan toda mi carga porque el pobre camello no da abasto.
-¿Pero no te parece que así no van a llegar a salvar a nadie?
-Bueno, bueno, tenés razón, pero no me culpes, culpá a la banda, que es la que me dio la idea.
-Mirá, yo te acompaño si me das un camello y voy a la par con vos, los demás francamente me dan lo mismo. A mi me importa mi viejo tanto como yo mismo, pero si tengo garantía de que la travesía no va a valer la pena en absoluto, me quedo acá y espero que ustedes lo traigan de vuelta… cosa que no va a pasar. Así que… bueno, voy. Pero dale, conseguime un camello. Siempre quise uno de esos.
-Y, son un poco caros –Camelle no parecía muy satisfecho con la propuesta de Arthur-, pero te puedo conseguir un dromedario. Eso sí, son sumamente incómodos.
-Bueno –accedió Arthur-, es mejor que nada. ¿Cuándo partimos?
-Ahora –dijo Camelle. Arthur se quería matar. –No tenemos mucho tiempo… bueno, sí, tenemos mucho tiempo, pero el viaje dura unos cinco años.
-¡¿Cinco años?! –A Arthur se le retorcían las vísceras. –¿Pero usted vino desde allá? ¿Y qué garantías hay de que a mi viejo no lo boletearon ya?
-Ninguna –respondió Camelle con toda tranquilidad-, pero un héroe tiene que hacer lo que un héroe tiene que hacer.
-Esto no tiene ningún sentido. Mi padre debe haber muerto hace tiempo.
-Ya veremos, ya veremos. Igual estuve hablando con tu tía Lizzie, con el Príncipe y unas chicas que decían conocerte, y todos estaban de acuerdo con que no valías la pena y que no tenías nada mejor que hacer que venir con nosotros. Es más, tu tía me dijo que no te iba a recibir de vuelta hasta que volviera tu padre o confirmaran su fallecimiento, porque no te banca más.

La conversación tomó rumbos totalmente irrelevantes a partir de eso, pero el asunto es que esa misma noche Camelle y Arthur estaban partiendo con rumbo a un lugar que el último desconocía y que el primero no estaba muy seguro de conocer, pero supuestamente allí se encontrarían con el resto de los Caminantes y Arthur conseguiría un dromedario… o algo.



(1) Bábaro: Dícese de aquel que es capaz de vestirse solo, pero que no es lo suficientemente civilizado para escribir correctamente el lugar de donde proviene, en este caso, de Bavaria.
(2) Isla al este de China; no confundir con la provincia del norte argentino.
(3) También es un misterio por qué no volvían a su antiguo hogar. Se cree que Wilhelm sufrió mucho el deceso de su esposa en aquel lugar y que por eso prefería no volver sino para combatir a eventuales invasores. También se atribuye este alejamiento al brote de peste negra o a la peligrosamente alta radioactividad en la zona.
(4) Arthur se refiere a la famosa banda de Folk Rock Proto-Medieval Post-Arábico, surgida en 1032 en Ankara y trasladada en 1035 a El Cairo. Obtuvieron gran parte de su fama por ser los primeros en conectar sus guitarras a conos de cartón, lo cual les daba un sonido muy particular, que llevó a que los llamaran “el primer grupo de Rock Cartonero”. No confundir con los cartoneros característicos de la noche argentina.

(Bueno, esta historia sigue y bastante, pero no tengo ganas de escribir y sí de postear esto de una buena vez. Tengo ideas incompletas para lo que viene, pero meh, después.)

domingo, 8 de junio de 2008

Liberen a Moe

"Libre, como el sol cuando amanece, yo soy libre como el mar".
Bolazo, cualquiera, mentira. Si hay algo cuestionable en el mundo, eso es la libertad. Y el gobierno. Y... todo, en realidad. Pero ahora no puedo cuestionar todo, o sí, y ya lo he hecho, diciendo como siempre que lo que yo propongo acá son posibles puntos de vista, pero que no tienen por qué ser correctos, y hasta puede ser que no sea lo que realmente piense. Acá voy a tirar lo que se me ocurra y si me contradigo, no hay drama, es simple prueba de que el que escribe soy realmente yo.

Porque cuando te agarra el escepticismo, te agarra, y fuiste. Pasa que entre tanto mal y tanta boludez, lo único que se le ocurre a uno es que todo lo que creía es una forma de tratar de sentirse bien aún estando todo mal.

Bleeeh, esto es tan emo. Cambiemos de perspectiva. End seriousness.

A lo primero: No pienso que tirar todo a la mierda sea una expresión de libertad. Perdón, eso no es lo primero; nomás es una consecuencia de lo primero. Esto es, que SIEMPRE UNO ES ESCLAVO DE ALGO. Y ese algo siempre, siempre, son muchas cosas. La guita, la religión, la joda, la fiaca, el laburo, los medios, todo, hasta lo que parece liberar, esclaviza. No zafás. No se qué dijera Platón y esos locos griegos, pero si el conocimiento nos libera, yo soy mi propio abuelo o algo así. Es verdad que sabiendo podemos evitar ciertas cosas que nos esclavizan, pero terminaremos esclavizados por esas cosas que conocemos. Hasta donde se, Platón no decía eso, decía algo del mundo de las ideas y que había que liberarse de la contingencia de nuestro mundo y que se yo, y para eso había que conocer el mundo de las ideas mediante el pensamiento. Epa, ojito acá. Los griegos tenían ESCLAVOS, los filósofos empleaban su tiempo libre, o sea, casi todo su tiempo, en pensar boludeces, porque tenían la mosca y nadie les hinchaba las pelotas con el "hacé esto, hacé aquello", y así es fácil, viste. Ahora no se puede. Pero de todos modos, ya los quería ver yo sin sus esclavos, a ver qué onda. A la larga, debían ser esclavos de sus esclavos, porque sin ellos no se podían poner a filosofar. Pero además, lo que uno sabe le condiciona la vida, le cambia los hábitos, el pensamiento, y si bien puede que lo saque de una forma de esclavitud, lo termina metiendo en otra distinta.
De todas formas, ese no es un buen ejemplo, y no lo desarrollé bien, por dos motivos: uno, que no viví en Grecia, y dos, que no soy estudiante de filosofía, sino de ingeniería, así que lógicamente lo que piensen los demás sobre el mundo me da terriblemente lo mismo (no dejo de agradecerles que se autoflagelen leyendo esto).
Creo, francamente, que tenemos muchos mejores ejemplos en esta época, aunque hay algunos ejemplos generales que sirven para toda época y para todo mundo posible. Ahora, a la contingencia del mundo actual, y los "masib midia". Sí, el cuarto poder que ya es el segundo. Horror. Lo que en la edad media era la Iglesia, ahora son los medios, una cosa así. La opinión que tenés suele depender del diario que leés, y si sos de ver noticieros en la tele, es más para despotricar acerca de las cosas que no nos satisfacen de la opinión de los demás, que para enterarnos de cualquier cosa que pasa. Y lo peor es que nos quejamos desde nuestra opinión, opinión que nunca es nuestra. Nos dejamos influir, aunque pensemos que no, por lo que nos dicen los medios. Y también un montón de gente, por supuesto. En general, de todas las opiniones diferentes que muestran los medios, aceptamos la que nos transmite la familia, los amigos o alguien que por alguna puta razón nos parece admirable, aunque por ahí es un gil cualquiera. Ya es bastante con eso: libertad son Lamarque y la Estatua. Un nombre nada más, porque el concepto es ridículo y autocontradictorio.
Agregaría el asunto de la religión pero tengo algo de miedo de herir algún sentimiento. De todos modos, me parece que ni el más religioso puede negar que la religión tiene un alguito de "Opio de los Pueblos". Si uno pudiera decir que las religiones están basadas y limitadas a lo que dice un libro viejísimo, vaya y pase, en una de esas es verdad. Pero no se puede negar que cada religion agrega un montón de normas y de dogmas y de cosas que no aparecen mencionadas en los documentos y que a veces son producto simplemente de una costumbre, o de una cierta idolatrización (ofuscada por los líderes religiosos, lógico), o de la conveniencia de ciertos sectores. Por lo demás, lo que digan los documentos puede ser verdad o no, puede haber o no un cielo y/o un infierno, pero no me siento convencido. Más que nada por los límites a veces absurdos a los que nos someten la creencia. Como ya dije, no por esto me creo libre; al fin y al cabo, uno se termina esclavizando por lo terrenal. Por ahí ese es el sentido de la religión, tratar de evitar que eso suceda. Dentro de un límite sensato.

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Mmm... no me estoy riendo, esto no es bueno. Qué pasa acá... ¿A dónde se fue mi inspiración? Graaahgh.

Bueno, hay más ejemplos de cosas que esclavizan y limitan. Con estos basta por hoy. Ahora una pequeña historia genérica.

Llegó la noche y el nene se tenía que ir a dormir. Por eso le pidió a su papá que le leyera un cuentito. El papá tenía secretamente las pelotas llenas por el laburo de todo el día y el pendejo que no cerraba la boca ni se quedaba quieto, y encima, el nene le viene a pedir que le lea un cuentito. Sin mirar, agarra un libro de la fila de la biblioteca donde estaban los libros de cuentos, y se dirige hacia la pieza del chico, que, increíblemente, ya se había acostado y estaba relativamente quieto, esperando a su padre. Se sienta el señor en una silla al lado de la cama, y recién ahí mira el libro. Nunca lo había visto antes, ni sabía de dónde lo había sacado, pero si estaba en la fila de los libros de cuentos infantiles, por algo sería. Probablemente porque se trataba de "La Princesa Genérica y el Dragón Maravilloso". Sonaba a título genérico, uno de tantos. Raro que mencionaran a la princesa como genérica y al dragón como maravilloso, y no al revés. Aunque en lo que hace a estos cuentos, ambos personajes suelen ser totalmente genéricos. En fin, abrió el libro y empezó a leer:
-"Había una vez, en las cercanías de un volcán activo como cualquier otro, un castillo magnífico como el de Camelot o el de cualquier otro cuento. De hecho era bastante parecido a cualquier castillo de Europa Occidental, pero más genéricamente maravilloso. Torrentes de lava bañaban su base, y tenía torres altísimas y enormes. Y la entrada al castillo estaba conectada con un camino largo que llevaba a un pueblo, mediante un puente enclenque y con cuerdas roídas. Como se vio en la película Shrek, más o menos, pero más genérico."
-Papá-observó el niño-, ¿Shrek no es una marca registrada? ¿Por qué está en ese libro?
-Nene-respondió, harto, el padre-, ¿vos qué sabés de esos asuntos? Escuchá el cuentito y dormí. Decía: "En una de las torres, estaba encerrada la única persona que habitaba el castillo. Era una princesa hermosa, con una figurita estilo Barbie (ya se, marca registrada) y absolutamente genérica. Sus cabellos eran largos y rubios, limpios y relucientes, a pesar de que ni en la torre ni en el castillo había duchas, porque no se podía hacer llegar el agua allí. Y además, la princesa no podía salir de su torre. Estaba encerrada allí, con la puerta sólida de hierro con fuertes goznes cerrada con 100 llaves diferentes. El solo nombre de la princesa, deseada por miles de principes aún más genéricos que ella, causaba un estremecimiento en todos y cada uno de los hombres de la comarca, que morirían por un beso suyo, o por tener su mano y su corazón, al menos en un frasco de vidrio." Eh... qué estoy leyendo... ¿leí mal? No... emm... sigo: "El nombre de la princesa era Moe."
-¿Moe? ¿Eso no es nombre de varón?
-No se, acá dice que la princesa se llamaba Moe. Por ahí es en un idioma raro...
-Pero no se puede llamar Moe.
-Y qué querés que le haga, nene, si querés le pongo Catalina, pero no te estaría leyendo el cuento. Dejame seguir. "Si bien la princesa Moe era el mayor deseo de todos los valientes, la mayoría eran lo suficientemente cobardes como para acercarse a ella. No tanto por miedo a las frecuentes erupciones del volcán, sino por el típico dragón increíble, gigantesco, escupefuego y poseedor de todas las carácterísticas de un dragón volador genérico de cuento de hadas. Un mago malvado había intentado hechizar al dragón para que siempre cuidara la entrada al castillo, pero el dragón lo engulló con facilidad, sin siquiera cocinarlo con las llamas que era capaz de escupir. Esto le daba una relativa ventaja a los principes genéricos que se acercaran al castillo, ya que de vez en cuando, el dragón se iba de p..." (esto no es un libro infantil me parece). "También se decía que era invulnerable al ataque de cualquier espada excepto la llamada Ufuaocjolane, descripta por los sabios como 'una Excalibur cualquiera, probablemente más berreta'. En fin, el castillo magnífico estaba rodeado por un río de lava, sobrevolado casi constantemente por un dragón magnífico, y en la torre más alta del castillo, había una princesa magnífica. Sin embargo, para cualquier cuento de hadas, los personajes y ambientes no podrían resultar más genéricos.
A la princesa le gustaban mucho los animalitos. De vez en cuando por la ventana entraba algún pajarito, generalmente bien cocido por las llamas del dragón. Le gustaban especialmente los gorriones, que le resultaban sumamente sabrosos. Hubiese dado su vida por acariciar un conejito y luego comérselo crudo, pero desgraciadamente los conejos no saben volar, al menos hasta donde sabe la princesa Moe, quien de todos modos era bastante ignorante, como una modelito cualquiera, sin medio dedo de frente. Pero a los tipos los calentaba. Típico.
Cuenta la leyenda que un buen día llegó un príncipe de una tierra lejana y se les rió en la cara a todos los principes de tierras cercanas, diciendo que iba a lograr rescatar a la princesa y llevársela a su reino, donde gobernarían y todos los día tendrían s... muchos hijos."
-¿Muchos hijos todos los días, papá?
-No, no, quise decir muchos hijos, no todos los días. ¿Querés que siga? No me está gustando mucho este cuentito...
-A mi sí, dale pa, seguí.
-Mmm... "El príncipe era alto, grande y musculoso, era famoso en muchas naciones por su gran fuerza y sobre todo por poseer una espada que el aseguraba que era la Ufuaocjolane. Pero el día no fue bueno porque el príncipe, orgullosa y horriblemente genérico, logró salvar a la princesa, sino más bien por lo contrario: su orgullo terminó en el fondo del estomago del dragón, y su cuerpo, junto con las heces fecales del mismo, depositadas en el torrente de lava y transformadas en piedra en poco tiempo. De alguna manera, en el pueblo cercano se enteraron de la muerte del príncipe, y sospecharon que la Ufuaocjolane habría caído en las cercanías del castillo, por lo que muchos temerarios príncipes se aventuraron a buscarla. Lo que se dió a continuación fue una masacre. La mayoría no llegaron ni a ver el puente y ya eran un trozo de carbón como para hacer un buen asadito. Otros se acercaron más, pero no encontraron la espada y murieron después de largas sesiones de tortura sistemática a las que el dragón los sometió. Finalmente uno logró encontrar la espada y utilizarla contra el dragón. Sin embargo, resultó ser que, por lo visto, la espada no era más que una réplica bastante buena (e inmune a las llamas y la lava), porque ni un tajito pudo hacerle al dragón, a pesar de haberlo golpeado varias veces. Enterado de la noticia, el príncipe Andrea..."
-¿Y el príncipe tenía nombre de mujer?
-No, Andrea puede ser nombre de varón.
-Pero suena bastante gay.
-En Italia no.
-Bueno pa, dale.
-"El príncipe Andrea, más pequeño, menos orgulloso, y bastante menos genérico que el resto de los personajes, pero aún con ciertos rasgos de genericidad, decidió salir en busca de la verdadera espada Ufuaocjolane. Un mago amigo le había contado que un mago amigo le había contado que un mago amigo le había contado que en el reino de Strapotianchea había muchos duendes herreros, y que de allí venían la mayoría de las espadas, así que podía ser que los duendes supieran quién podía tener la Ufuaocjolane. Por eso Andrea se dirigió al reino de Strapotianchea a hablar con los duendes herreros de las minas de Juncadella, los cuales al principio lo sacaron rajando, pero Andrea los trató con cariño y amabilidad, a lo que respondieron algunos con piedrazos, y otros con un par de palabrotas, antes de decidirse a ver qué miércole quería ese hinchapelotas. Cuando Andrea les preguntó por la Ufuaocjolane, los duendes no se sorprendieron. Respondieron que la poseía un rey llamado Hugo III Weaving y que no valía un peso; que de hecho, era la peor espada jamás hecha por los duendes, pero que tenía la extraña capacidad de matar a algunos dragones que de tan genéricos perdían cualquier tipo de excepcionalidad y por esa razón podían ser atravesados por cualquier espada hecha por duendes, incluida una de madera, la cual eran capaces de hacer al instante sin cobrar nada por ella. Entonces Andrea dijo que iba a partir para buscar a ese tal rey Hugo. Los duendes se sorprendieron ante la idiotez de nuestro héroe, y le dieron una espada liviana de madera que no parecía resistir mucho, pero que le aseguraron podría derrotar al dragón en cuestión.
Entonces Andrea volvió a su pueblo, anunció su partida hacia una probable muerte, y se dirigió al castillo para luchar contra el dragón y salvar a la adorable y excepcionalmente poco excepcional princesa Moe. Se cuenta que la ardua batalla duró semanas, aunque otros dicen que sólo fueron alrededor de 2 horas o aún menos. Tras la batalla, cuenta el mismísimo Andrea en su libro 'Cómo amé a Moe', entró en el castillo y se perdió, y eso también le llevó semanas. De ese tiempo no suele dudarse. Finalmente, después de recorrer varias torres, el príncipe, famélico y con pocas esperanzas, se topó con la fuerte puerta blindada y cerrada por 100 llaves. Irónicamente, todas las llaves estaban puestas en la puerta. Entonces el príncipe entró y vio a la princesa que justo se estaba cambiando, y ahí nomás..." Bueno, no importa. "Y luego los dos se fueron al pueblo, Andrea presentó a Moe a su familia, y después a sus amigos, quienes no podían creer que Andrea la hubiese logrado rescatar y aún menos que él pudiera andar con semejante mina, ya que en lo único que realmente coincidían era en que eran ambos unos cabezas de chorlito. Igual Moe nunca le fue del todo fiel a Andrea, y solía divertirse sin su consentimiento, pero Andrea estaba satisfecho. Moe tuvo muchos hijos, algunos de Andrea, otros no. Uno salió deforme y a la larga terminó en París tocando campanas en la Catedral de Notre Dame, y le hicieron una película de dibujitos. Y no fueron felices para siempre, porque se peleaban bastante seguido y Andrea viajaba mucho para hacerse el capo por haber vencido a un dragón, por más genérico que fuese. Así que al final, la vida de la princesa genérica y maravillosa no resultó tan genérica y maravillosa, pero de todos modos, al no tener nada en la cabeza, le dió lo mismo." Fin. ¿Te gustó el cuentito?
Afortunadamente, el nene ya estaba dormido para cuando el cuento llegó al final, porque el padre no podía dejar de arrepentirse de haberle leído semejante porquería a su pobre hijo, que con algo de suerte no habría entendido las referencias a temáticas adultas.


¿Y chicos, les gustó el cuentito? No tiene nada que ver con la libertad, pero qué se yo.
Chau.

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Daylight Dies - Lies That Bind

Me gustó bastante esta banda. Nada más.