Ya no era difícil ver en el horizonte el pueblo al que Camelle quería llegar y que no parecía tener nada que ver con la razón por la que Arthur iba con él. El joven estaba profundamente dormido detrás de la joroba trasera del camello, algo inclinado hacia la izquierda. Rhyder estaba decidido a llegar en no más de cinco días a destino, así que decidió apurar la marcha permitiendo que Arthur vaya sobre el camello, con la condición de que se mantuviera despierto. Para comprobar que así fuera, Camelle (quien nunca, pero nunca, volvía la mirada hacia atrás) le hacía alguna pregunta cada tanto, y Arthur siempre respondía correctamente. Lo que Rhyder no sabía era que Arthur tenía la extraña costumbre de hablar más estando dormido que despierto, y no necesariamente en voz baja. Puede que eso explique por qué Lizzie vivía con ojeras.
En eso se oye un fuerte golpe y un crujido y el camello se asusta y menos mal que no era un caballo porque no lo paraban más. Camelle también se asustó, y no miró hacia atrás, sino que esperó a que el camello se calmara para hacerlo girar y poder ver qué diablos había pasado, aunque sin mirar ya pudo intuirlo, puesto que la espalda del camello estaba más alta por la repentina reducción del peso que soportaba. Es que era cuestión de tiempo para que la inclinación que llevaba Arthur se incrementara hasta grados incompatibles con la superficie del camello y, como resultado de ello, cayera al suelo de espaldas, dejándolo sin aire unos instantes. Rhyder recordó entonces por qué nunca había que llevar a dos personas en un camello, además de que no tenía cascos para dos y en Oriente te hacen la multa.
-¡Arthur! -dijo Camelle, con cara de "uy no se me arruinó todo qué cagada y ahora que hago". -¡Te dije que no te durmieras! ¿Estás bien?
-Sí, sí, todo bien. Me caí.
-Me di cuenta. Dale, levantate que ya llegamos.
-Buen... ¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH!!!- aulló Arthur por el dolor. Evidentemente no estaba todo bien. -Creo que me rompí una costilla.
-No, decime que me estás jorobando. No podés jorobar a Camelle Rhyder. Sería un chiste muy malo. ¿Entendés? Jorobar a... eh... ¿te duele mucho en serio?
-No me puedo levantar, ¿qué querés que te diga?
-Debe ser el golpe, yo me caí de chiquito como un montón de veces y no me pasó nada nunca.- Era mentira. Se cayó unas 30 veces, las últimas tres poco antes de los 40 años, y había estado internado en estado grave a los 19, y encima preso porque el camello del que se había caído era robado. -Ya se te va a pasar. Te subo al camello y te hago ver en el hospital, estamos acá nomás.
Rhyder trató de levantar a Arthur, pero éste no paraba de quejarse ni en el suelo, ni en los brazos de Rhyder, ni en el camello. Sobre todo en el camello, donde tenía que apoyarse con la espalda encorvada y el dolor le hacía sospechar que se había roto más que alguna costilla. También resulta que Arthur era bastante exagerado, herencia de familia, que, según cuenta Sir George James Godfrey en uno de sus libros, llevaba un yeso y vendas como adorno en el escudo de armas.
-Bueno, no te puedo llevar a ningún lado así -se rindió Rhyder muy pronto. -Te voy a armar la carpa y te pido una ambulancia en el pueblo.
Armó rápidamente la carpa, metió al llorón adentro y se fue galopando en dirección al pueblo, al cual llegó en poco más de media hora. Dicen que en caballo eran cinco minutos, pero Rhyder no iba a caballo. Nunca.
La entrada al pueblo era un arco de madera bastante desvencijado, medio comido por los bichos. Las casas eran todas de madera, y muchas, especialmente las que estaban más cerca del arco, tenían grandes agujeros en los techos y la cantidad de bichos era tal que se escuchaba el ruido de los insectos comiendose la madera. Rhyder no recordaba que el pueblo fuera así. Al menos la última vez que había estado allí, todas las construcciones estaban en bastante mejor estado, y no recordaba para nada el arco de la entrada. Pensando un rato, se dio cuenta de que había llegado al pueblo por un camino distinto al habitual, y que probablemente nunca había estado en esa parte, ya que estaba lejos de la taberna y por lo tanto no le importaba en absoluto estar ahí. El centro no era muy distinto de las afueras, pero estaba bien mantenido. Los edificios públicos eran de madera, los bancos de la plaza central eran de madera, los faroles eran de madera. Reconoció el hospital por el cartel de madera que decía "Hospital" encima de la puerta de madera en un edificio no demasiado grande hecho de madera. Cerca del centro se veía también un edificio raro, que cualquier neófito supondría museo de arte moderno o algo por el estilo. El edificio de por sí era abstracto y no podía desentonar más con el resto de las construcciones, sobre todo porque era lo único en toda la ciudad que no estaba hecho íntegramente de madera, sino que era un 90% de acero. Ese lugar era claramente el más concurrido de la localidad, con gente entrando y saliendo constantemente. Particularmente, la mayoría de los que salían lo hacían tambaleándose. Claramente, el lugar no era un museo de arte moderno, sino el lugar favorito de toda la región: la taberna.
Después de admirar un rato la licorería, cervecería y un largo etcétera más grande y extraña del Universo conocido, Camelle Rhyder se dirigió hacia el hospital. Escondió a su camello en un callejón, mirando para todos lados, salvo hacia atrás, para asegurarse de algo que nadie sabe qué era, y rápidamente salió del callejón y entró al hospital. No había mucha gente, y los que estaban por ahí no podían hablar porque estaban sufriendo comas alcohólicos (enfermedades hepáticas y otras relacionadas con el alcoholismo constituían la mayor causa de muerte en la zona, incluso durante la época de la peste bubónica). Se acercó a la recepción y vio que como secretaria había una mujer cuya cara le resultaba familiar, pero definitivamente había algo extraño en su cuerpo. Algo nuevo.
-Aaah, Helga, veo que al final te hiciste las lolas que tanto querías.
Helga quiso pensar que la voz no venía de quien parecía venir, una voz conocida, ronca y sucia, no muy agradable. No miró.
-No se de qué está hablando, y si me disculpa, estoy muy ocupada ahora mismo.
-Bueno che, siempre con ese malhumor...
-No creo conocerlo, señor, y le repito, si me disculpa...
-¿Por qué no mirás, boba? No te hagás, sabés perfectamente quién te habla.
-Eso mismo me temía -dijo Helga, aún sin mirar. -Rhyder, sabés perfectamente que no sos bienvenido por acá. Tenés suerte de que... esa gente... no ande por acá estos días.
-No es suerte, estoy enterado. ¿Te pensás que vendría de lo contrario?
-Yo no se de qué sos capaz, Rhyder. -Al fin levantó la vista y miró al viajero. -'Tas igual. Igual de hecho pelota.
-Me alegra ver que eso te interesa, me hace pensar que todavía tengo posibilidades.
Helga lanzó una risotada (qué palabra idiota, si me permiten).
-Siempre tan gracioso, Rhyder. Si hay algo que tenés de bueno, es la ridiculez.
-Y vos el sarcasmo.
-Ja. Bueno, ya que sos la única persona en todo el hall que puede hablar, decime... ¿qué carajo hacés por acá, Rhyder?
-Che, primero una cosita: ¿podés dejar de decir Rhyder en cada frase? Resulta algo pesado.
-'Ta bien, Rhyder.
-Sí, veo. Bueno, venía para aprovechar que... ellos... no andan por acá y pasar por la taberna y hacer un par de cosas acá en el pueblo, y traía al chico este del que te hablé...
-Ah, ¿seguís obsesionado con ese asunto? -lo interrumpió Helga.
-¿De qué asunto estás hablando exactamente?
-De lo único que hablás cuando te ponés en pedo en la taberna.
-Mmmmh, hay muchas cosas de las que hablo en esas situaciones.
-Creeme que no. La otra vez repetiste durante cinco horas el nombre Wilhelm Babar o algo así a grito pelado mechando con frases incoherentes sobre máquinas voladoras y viajes de dos horas entre Bélgica y Siria.
-Aahh, sí, ese asunto. Sí, traía a Arthur Heesux, el hijo de Wilhelm, y resulta que se cayó del camello acá a unos pocos kilómetros e insiste con que se fracturó una costilla y que no se puede levantar.
-¿No será un golpe y nada más?
-Yo dije eso, qué se yo. Pero si no se puede mover y grita y patalea...
-¿Grita y patalea? Entonces no tiene nada, es un bebé y nada más.
-Nah, no pataleaba, pero gritó bastante.
-Eso es bueno, por lo menos los pulmones están bien. Supongo que lo que querés es que mandemos una ambulancia, ¿cierto?
-Exactamente. No tuve forma de traerlo hasta acá, protestaba demasiado.
-Me vas a tener que dar detalles más exactos sobre la ubicación, y por supuesto esperar un par de horas. El servicio está casi colapsado por culpa de la nueva bebida que preparó Tito, el tabernero. Está haciendo un concurso a ver quién logra aguantar un vaso de tequila de esa cosa. Me parece que el único premio ahí va a ser una denuncia policial para la taberna. Unas cuantas en realidad.
-Bueno, no hay problema. ¿Tenés un mapita? No estoy seguro por dónde entré al pueblo, me parece que no era el camino de siempre.
-No es tan difícil. Hay dos entradas, y quiero suponer que NO viniste por el sur.
-Ehhh... yo siempre entro por el este... así que... mmm... creo que vine por el sur.
-¿Pasaste cerca de una zona de vegetación especialmente frondosa?
-Sí... cosa rara en un lugar montañoso como este.
-¿¿Y DEJASTE AL CHICO EN ESE CAMINO?? -Helga se mostraba muy, pero muy, pero muy alarmada.
-Sí... ¿Algún problema?
-A ver -dijo Helga, tratando de calmarse un poco. -La entrada. ¿Viste un arco hecho pedazos, y muchas casas abandonadas?
-Sí, pero no sabía que las casas estaban abandonadas. Sí noté que estaban llenas de insectos de los que se comen la madera.
-No hay tiempo entonces, corré a buscar al pibe.
-Pero...
-No te puedo mandar una ambulancia a ese sector.
-¿Por?
-Porque está tomado por guerrilleros narcotraficantes que saquearon media ciudad y han secuestrado a no se cuánta gente que paraba en Acceso Sur. Espero que la carpa no fuese muy vistosa...
-Era amarillo patito, la p...
-¡BUENO, CORRÉ, IMBÉCIL!
Rhyder salió disparado del hospital, fue a buscar su camello y vio que al lado alguien había dejado un caballo sin cadena. Se afanó el caballo y salió volando hacia el sur. Comprobó que el viaje en caballo llevaba, efectivamente, cinco minutos. No sabía hacer parar a un caballo, así que tuvo que saltar con el equino trotando, pero si había algo que Rhyder sabía hacer (en el más absoluto secreto) era caer. Le había llevado 40 años aprenderlo.
Miró la carpa. Estaba cerrada.
Abrió la carpa. Arthur no estaba.
domingo, 7 de marzo de 2010
V
lunes, 31 de agosto de 2009
IV
Arthur amaneció especialmente lúcido el cuarto día de viaje.
-¿Cuánto tiempo estaremos pasando en donde quiera que estemos yendo?
-No se. Depende cómo vayan las cosas, podemos estar unos días... o no.
-¿Cuáles son tus planes más o menos?
-Si fuera por mí nos quedaríamos allá toda la vida.
-Y, pero tenemos que ir a buscar a mi viejo.
-No tiene nada que ver con eso. Lo que pasa es que... no estoy tan seguro de que seamos... bien recibidos.
-¡Ah, qué bonito eh! Me siento estafado.
-Sí, te vas a sentir peor a medida que pasen los días.
-Qué pedazo de basura sos, Rhyder.
-Me lo ha dicho gente más importante, no me afecta.
-Sabés que esto se podría considerar un secuestro, ¿no?
-No, tengo un papel en el que aceptás acompañarme voluntariamente.
-Mentira, yo no firmé nada.
-No, pero yo sí.
-Pero el acuerdo es entre dos partes, y la firma de una única parte no tiene valor si no está presente la firma de la otra parte.
-¿Seguro?
-Y, mucho no se, pero...
-Ah, no sabés, fuiste, yo gano.
-No, pero es obvio que...
-No, nada es obvio en la vida.
-Hay cosas que si.
-Es una cuestión filosófica. Para mi no, punto y aparte.
-Rhyder, mis abogados y yo te vamos a hacer un buraco en la billetera que no tenés ni idea.
-No digás huevadas, la gente como vos no tiene ningún tipo de derechos.
-¿Cómo no? Soy de familia noble.
-Sí, en un país que nadie conoce, que probablemente ni exista.
-Mirá cómo hablás de mi familia... ¿Y te decís amigo de mi padre?
-No soy amigo de tu padre. En realidad ni lo conozco, sólo se que está en Siria, preso.
-¿Y qué te motiva a rescatarlo?
-La verdad, nada. Ahora silencio y concentración, que esta parte del camino es muy peligrosa.
-No. Exijo una explicación.
-Te la voy a dar, pero en la posada.
-Sonó mal eso.
-Sí, bueno, se entiende. Ahora, shhh.
La ruta continuaba en la forma de un camino de cornisas y había multitud de carteles que anunciaban zonas de derrumbes. Esto llevó a Arthur a cerrar la boca una vez más. Además, con ese Rhyder no se puede hablar.
jueves, 27 de agosto de 2009
III
El viaje a través de los alpes austríacos era extenuante. Parecía que el cansancio iba a poder con Arthur, quien nunca había caminado más de una hora seguida y ahora había pasado dos días caminando un promedio de 12 horas. [1] En algun momento de la cálida tarde del tercer día, Rhyder señaló adelante y no dijo nada. "¿Qué pasa?", preguntó Arthur. Como respuesta obtuvo que "nada, me equivoqué". El camino iba cuesta arriba y cuesta abajo y cuesta arriba y cuesta abajo, tanto que parecía que estaban atravesando las montañas de la manera más difícil posible, en lugar de aprovechar los valles y terrenos más parejos.
-¿No hay algún camino mejor, Camelle?
-No a donde vamos, chico.
-Y... ¿falta mucho?
-Otra vez sopa... Sos muy aburrido, ¿sabías?
-Me han informado, sí.
-Bueno, lo que te quería mostrar no puede estar muy lejos. Igual falta para llegar a destino, unos dos días, justo como esperaba. Por suerte vamos sin demoras.
-¿Y aún así faltan dos días?
-Sí, es lo que acabo de decir, ¿te dije que sos aburridísimo? [2]
-Perdón, perdón.
Un rato después, antes de la puesta del sol, Rhyder volvió a señalar hacia adelante, y esta vez habló.
-Ahí empieza Suiza, o va a empezar cuando exista, por lo menos. ¿Ves esa línea punteada negra? Ahí.
-Qué sombras curiosas.
-No son sombras, son posta, pibe. Cuando lleguemos vas a ver.
Casi era tarde para ver algo cuando llegaron, porque la noche corría más rápido que ellos [3], pero algún reflejo del sol bastó para ver que, efectivamente, en el suelo había una línea punteada negra, como en un mapa, pero muy gruesa.
-Bueno, Arthur, estamos en Suiza. Ahora tenemos que cruzarla, porque el lugar a donde vamos está casi casi en la otra punta. Pero se hace rápido, no es tan lejos.
-¿Y no hay un camino más fácil?
-¡Te dije que no!
-Decime la verdad, te andan buscando por alguna matufia a vos.
-¡No, pero callate porque me van a tener que buscar por asesinato, me tenés hasta las p... Callate!
Y otra vez se hizo silencio, y se adentraron en la noche, y caminaron unos metros y decidieron acampar porque no se veía un pomo.
[1] El autor no tiene idea de qué había en Austria ni en Suiza en la época de Arthur Heesux ni tiene demasiado interés por saberlo, de modo que toma los nombres actuales de las regiones y comete incoherencias deliberadamente.
[2] N. del A.: qué mala onda que es Camelle Rhyder, por favor.
[3] Eso sí era una metáfora.
YAPA 1: Solar Powered People - Commercial Flight
Si esto no los llena de amor, nada los satisfará (?)
Gracias Gabe (y)
YAPA 2: no hay.
YAPA 3: Terminé con los examenes y tengo 5 días de vacaciones, o algo así, no conté para evitar cualquier decepción. Viva.
jueves, 20 de agosto de 2009
II
-¿Falta mucho?
-46 segundos menos que la última vez que preguntaste.
-Bueno, pero esa vez no me contestaste. ¿Falta mucho?
-Ayer faltaban cinco días. Pasó un día. ¿Cuántos días faltan ahora?
-¿Cuatro?
-No, seis. Me equivoqué de camino.
-Me estás gastando.
-Sí. Cuatro días son.
-Tengo sed.
-Yo también, te dije que por eso ibamos a Suiza.
-No, agua quiero.
-Bueno, allá hay un río, tomá de ahí.
-Ah, me olvidaba que todavía no se inventó la contaminación.
-¿Qué?
-Tengo la idea firme de que en un futuro no tan lejano, el agua de los ríos no se va a poder tomar así nomás porque el agua va a estar contaminada.
-No entiendo esa palabra.
-Yo tampoco, la acabo de inventar. Lo que me recuerda, ¿qué era eso de Varileche, o como sea, eso que dijiste ayer?
-No se de qué estás hablando.
-Algo de que la iba a pasar mejor en Suiza que en ese lugar.
-Repito: no se de qué estás hablando. Por favor, tratá de controlar tu mitomanía unos días, ¿ok?
-¡¿De qué me está acusando don Rhyder?!
-De decir pavadas al rolete, cerrá el pico de una buena vez.
-Sí, señor.
Y Arthur se calló por 52 segundos.
-¿Falta mucho?
(se recuerda al lector que nuestra historia es previa a la revolución industrial y que los teléfonos celulares de los protagonistas y otros artefactos son artesanales)
LA YAPA:
Cave In - Retina Sees Rewind
LA YAPA 2
Qué embole.
miércoles, 29 de julio de 2009
I
Después de unas horas de caminata, Arthur nota que el sol está saliendo a su espalda y ve lo ridículo que resulta un camello caminando por un valle fértil con un desgraciado encima que hace que su compañero de viaje camine detrás de el aunque tenga espacio para uno más entre las jorobas del camello. Y también recuerda que el sol sale del este, y que Siria, Turquía y todo ese lugar raro y seco estaba en esa dirección, y sin embargo, estaban dirigiéndose hacia el lado opuesto hacía ya toda una noche de otoño.
-Camelle...
-Señor Rhyder, Arthur...
-Eso, che, me parece que vamos mal.
-No, vamos bien, es por aća, conozco este camino perfectamente.
-Ah, cierto, ¿estamos yendo a buscar al resto?
-No, no, ellos están hacia el otro lado.
-¿Entonces por qué vamos hacia el oeste?
-No estamos yendo al oeste. Vamos bien.
-Pero el sol sale por el este y...
-¡No me cuestiones! Vamos bien. En cinco días deberíamos llegar.
-¿Llegar a donde?
-A donde vamos, por supuesto.
-¿Medio Oriente? Es al este.
-No vamos a Medio Oriente. Vamos a Suiza. Necesito licor y allá tengo amigos.
-Pensé que el asunto era urgente, hay que ir a oriente...
-¡El asunto es urgentísimo, y está en occidente! La ley seca me está matando.
Arthur decidió ver el lado bueno: esto era mil veces preferible al paisaje desértico que había siguiendo el camino hacia el otro lado.
-Y no te quejes -agregó Rhyder-, que en la posada la vas a pasar mejor que en Bariloche, gil.
viernes, 6 de marzo de 2009
Entropía y evolución hasta el hartazgo, parte dos
Navegando en el cielo veo el suelo despejado, una nube se cruza en el barro y yo miro, se ve tan asible, quiero alcanzarla...
Arthur se quema, el café estaba caliente, pero con tal de no levantarse, agarrar la taza estando tirado en el suelo parecía una opción viable. Lizzie se enoja, le ensuciaron la alfombra, está furiosa, chau Arthur, a dar una vueltita. Hacía semanas que no salía de la cabaña, y dormía poco esperando el regreso de su padre, Wilhelm H. el Bábaro(1), quien no debería tardarse tanto, a no ser que estuviera muerto, lo cual era probable porque el heroísmo se le había subido a la cabeza después de su importante rol en la batalla de algun lugar en Oriente Medio o Asia Menor que nadie sabe cómo se dice, mucho menos cómo se escribe. Hacía un calor insoportable, aunque era principio de primavera y había llovido no hacía mucho. Arthur lo sabía porque en lo de Lizzie llovía tanto afuera como adentro. En el cuarto donde paraba Arthur, justo encima de la cabecera de la cama, había un "hueco para ver el cielo", o más bien el agujero en el techo más grande del feudo, guardado justo para él. Le gustaba mojarse cuando llovía, muy a pesar de que eso no le dejara dormir a veces. O no, seguramente no le gustaba, pero él decía que sí. Le dijeron que no vendría mal que intentara arreglar el techo, pero no, mucha fiaca, mejor dormir todo el día y jugar a la Play. Las nubes eran sus amigas, pero le decían cosas que lo deprimían. Igual que el armario, la mesa, las mantas. Todo a su alrededor lo odiaba pero él los quería a todos igual. Algunos afirmaban que estaba chapita; otros, que estaba de la nuca. Por último, una tercera posición sostenía que no estaba cuerdo. Se lo ha escuchado hablar sólo, especialmente cuando su padre no estaba. Su madre hacía tiempo que no aparecía; tanto tiempo que ni siquiera recordaba haberla visto una vez en sus 23 años de vida. Le habían dicho que había pasado a otra vida, pero Arthur no entendió lo que querían decirle aquella vez, y después se olvidó. De todas formas, si no estaba ahí sería porque él no le importaba mucho. En cambio, tenía a sus amigas las nubes y los soldaditos de plástico. Pero esta vez el cielo estaba despejado, y había ensuciado la alfombra de Lizzie y no podía quedarse por ahí, de modo que caminó hacia el Castillo a ver si algún guardia daba charla o si había una pibita de la nobleza dando vueltas.
Lo pararon lejos de la entrada unos amigos de sus enemigos y le quisieron manotear el MP3, pero se resistió y por suerte un guardia llegó a ver el lío y amenazó a la banda desenfundando una espada hecha a mano en Formosa(2). Desde luego no se quedaron a mirarla. Una vez que los vio corriendo el guardia le dijo a Arthur que no se acercara demasiado porque no tenía nada que hacer en el castillo, a lo cual respondió que era el hijo de Wilhelm H. de Babaria. El tipo se quedó con cara de quién cuernos es ese, y repitió que mejor se volviera a su casa. "Me echaron", dijo Arthur, "y no tengo a donde ir". Y ahí pasó algo raro. El guardia recordó algo: un chico de 12 años, golpeado, medio maltrecho, petisón y poco atractivo, acercándose a las puertas del castillo. Arthur bastante tiempo antes había estado ahí y el mismo príncipe lo había ayudado, aunque sólo para hacer alarde de su reciente título de Cirujano. Cirujano plástico en realidad. O sea que uno esperaría que Arthur hubiese salido del castillo convertido en un sujeto apuesto y por qué no saliendo con una pibita de la nobleza, sí, de esas que tanto le gustaban. Pero la realidad es que no, no tanto porque tenía sólo 12 años, sino porque el título médico del Príncipe era más trucho que los títulos de nobleza de Wilhelm H. de Babaria (que por cierto sólo servían en aquel lugar, por lo tanto en este otro reino estaban condenados a vivir en la aldea en condiciones poco saludables (3)). Arthur salió aún más maltrecho y no mucho menos deforme que antes, y con cortes sin cicatrizar completamente en toda la cara y cuerpo. Más allá de eso, el encuentro con el príncipe fue significativo en la vida de Arthur ya que él fue quien le confirió el nombre por el cual lo conocemos. Esto fue así debido a que el príncipe no comprendía el nombre original de Arthur -una cosa impronunciable y aún más difícil de escribir, de origen Bábaro- ni tampoco su apellido, que empezaba con H pero ni Arthur sabía cómo seguía. De ahí el nombre Arthur Heesux, el Pobre Diablo. El nuevo nombre fue unánimemente aceptado por sus familiares, amigos y muebles, quienes al fin podían llamarlo de una manera más propicia que "¡Che, pibe!".
El guardia, de quien el narrador no se ha olvidado, se quedó perplejo mirando a Arthur durante unos cuatro silenciosos segundos; el recuerdo lo había shockeado un poco. Decidió preguntarle un poco sobre su vida mientras nadie miraba, porque se suponía que no podía hablar con la plebe. Se sorprendió muchísimo al escuchar que Arthur había salido de su casa (la de Lizzie, en realidad) menos de 40 veces en esos 11 años que habían pasado desde aquel otro encuentro. Más extraño aún era ver que el joven no se destacaba por su palidez, sino que tenía la tez bastante oscura. "Es por el agujero en el techo", replicó Arthur cuando le preguntaron sobre el asunto. El guardia, por primera vez en 75 segundos, sintió compasión por la plebe, agradeció poder vivir en el palacio real, e igual de rápidamente como le había venido la sensación, se olvidó de la compasión y se burló de Arthur. Pero la compasión vino de nuevo y como ya no sabía qué decir le ofreció a Arthur la posibilidad de acercarse un poco más al Castillo.
Así que hasta el momento todo iba viento en popa: un guardia le había dado charla y lo había dejado acercarse al Castillo; ahora solo faltaba la minita de la nobleza.
Pero no iba a llegar muy lejos, porque justo mientras caminaba por el puente que cruzaba uno de los tantos zanjones que había dragados alrededor del Castillo, apareció un tipo en un camello. Totalmente atípico en la zona, que estaba llena de caballos y otros equinos, pero camellos ni uno. El hombre miró a Arthur fijamente y detuvo el camello.
-Emm, -dijo el desconocido, -de casualidad vos no sos el hijo de Wilhelm H. el Bábaro, ¿no?
-Sí, -respondió el aludido,- soy yo.
-Ah, te estaba buscando.
Arthur se sorprendió, porque nadie nunca lo estaba buscando, y mucho menos alguien montando un camello. Hubo un silencio.
-Te explico –dijo el hombre para romper el silencio-: a tu viejo y a unos cuantos más los agarraron los turcos en Siria –Arthur pone cara de no estar muy contento con la noticia- y estamos armando un grupo de gente para ir a rescatarlos, y bueno, me acordé de una foto que me mostró tu papá una vez y te vine a avisar y pedirte que nos acompañaras, porque cuanta más gente componga la tropa, más será la probabilidad de que al menos uno llegue con vida.
-Eso no es muy alentador… -replicó Arthur. -¿Realmente hay alguna chance de que yo sea de alguna ayuda?
-La verdad no, pero te va a atraer el hecho de pertenecer al soberbio grupo de “Camelle Rhyder y los Caminantes de Turquía”.
-¿¿La banda?? (4)
-No, les robamos el nombre, pero nosotros lo merecemos más, porque realmente somos eso: yo, Camelle Rhyder, voy a camello, y el resto caminan atrás por el desierto. Como buen líder yo llevo el agua sólo para mi y ustedes llevan toda mi carga porque el pobre camello no da abasto.
-¿Pero no te parece que así no van a llegar a salvar a nadie?
-Bueno, bueno, tenés razón, pero no me culpes, culpá a la banda, que es la que me dio la idea.
-Mirá, yo te acompaño si me das un camello y voy a la par con vos, los demás francamente me dan lo mismo. A mi me importa mi viejo tanto como yo mismo, pero si tengo garantía de que la travesía no va a valer la pena en absoluto, me quedo acá y espero que ustedes lo traigan de vuelta… cosa que no va a pasar. Así que… bueno, voy. Pero dale, conseguime un camello. Siempre quise uno de esos.
-Y, son un poco caros –Camelle no parecía muy satisfecho con la propuesta de Arthur-, pero te puedo conseguir un dromedario. Eso sí, son sumamente incómodos.
-Bueno –accedió Arthur-, es mejor que nada. ¿Cuándo partimos?
-Ahora –dijo Camelle. Arthur se quería matar. –No tenemos mucho tiempo… bueno, sí, tenemos mucho tiempo, pero el viaje dura unos cinco años.
-¡¿Cinco años?! –A Arthur se le retorcían las vísceras. –¿Pero usted vino desde allá? ¿Y qué garantías hay de que a mi viejo no lo boletearon ya?
-Ninguna –respondió Camelle con toda tranquilidad-, pero un héroe tiene que hacer lo que un héroe tiene que hacer.
-Esto no tiene ningún sentido. Mi padre debe haber muerto hace tiempo.
-Ya veremos, ya veremos. Igual estuve hablando con tu tía Lizzie, con el Príncipe y unas chicas que decían conocerte, y todos estaban de acuerdo con que no valías la pena y que no tenías nada mejor que hacer que venir con nosotros. Es más, tu tía me dijo que no te iba a recibir de vuelta hasta que volviera tu padre o confirmaran su fallecimiento, porque no te banca más.
La conversación tomó rumbos totalmente irrelevantes a partir de eso, pero el asunto es que esa misma noche Camelle y Arthur estaban partiendo con rumbo a un lugar que el último desconocía y que el primero no estaba muy seguro de conocer, pero supuestamente allí se encontrarían con el resto de los Caminantes y Arthur conseguiría un dromedario… o algo.
(1) Bábaro: Dícese de aquel que es capaz de vestirse solo, pero que no es lo suficientemente civilizado para escribir correctamente el lugar de donde proviene, en este caso, de Bavaria.
(2) Isla al este de China; no confundir con la provincia del norte argentino.
(3) También es un misterio por qué no volvían a su antiguo hogar. Se cree que Wilhelm sufrió mucho el deceso de su esposa en aquel lugar y que por eso prefería no volver sino para combatir a eventuales invasores. También se atribuye este alejamiento al brote de peste negra o a la peligrosamente alta radioactividad en la zona.
(4) Arthur se refiere a la famosa banda de Folk Rock Proto-Medieval Post-Arábico, surgida en 1032 en Ankara y trasladada en 1035 a El Cairo. Obtuvieron gran parte de su fama por ser los primeros en conectar sus guitarras a conos de cartón, lo cual les daba un sonido muy particular, que llevó a que los llamaran “el primer grupo de Rock Cartonero”. No confundir con los cartoneros característicos de la noche argentina.
(Bueno, esta historia sigue y bastante, pero no tengo ganas de escribir y sí de postear esto de una buena vez. Tengo ideas incompletas para lo que viene, pero meh, después.)
